“GANARSE UNA MUJER PARA LA PAZ ES GANARSE UN ELEMENTO MUY IMPORTANTE”

 

Silvia Arjona/ Constituyentes por la Paz

Imelda Daza Cotes es optimista y está contenta de volver a casa tras 26 años de exilio. Las amenazas de muerte recibidas cuando era concejala de la Unión Patriótica (UP) en 1986 en Valledupar, la llevaron a la Europa escandinava, a Suecia, desde donde ha añorado cada día volver a su país.

Fue candidata a la gobernación del Cesar, “una actividad intensa, un proyecto temerario, un tsunami político”, define cuando se le pregunta por su añorado pasado asegurando que fue una experiencia muy interesante y necesaria en el momento.

La coyuntura política actual la ha impulsado y animado a retornar. En junio de 2015 llegó para quedarse. Ve el futuro de Colombia con ilusión y remarca con mucha fuerza las palabras “lucha”, “diálogos” y “paz” en sus discursos. Habla con rotundidad sobre el rumbo tomado en este país, cree que es el apropiado para asegurar la deseada paz colombiana aunque considera que el pueblo aún está dormido y parece insensible a un proceso político vibrante y único con los diálogos de paz en La Habana más firmes e irreversibles que nunca.

Constituyentes por la Paz habla con esta economista apasionada por la política que construye, que transforma y que vela por la justicia ciudadana sobre la coyuntura actual colombiana.

Imelda, ¿cómo ha vivido el proceso de paz desde la distancia durante su exilio?

Bueno, el exilio es un castigo muy duro, es una derrota política, claro que una derrota siempre se puede recuperar y eso es lo que intenté siempre.

En Suecia me vinculé a la política, con la socialdemocracia primero y ahora con el partido de izquierdas, soy concejal en el municipio donde vivo desde hace 14 años, todavía está vigente, fui reelegida y seré concejala hasta 2018. Esa fue una manera de no renunciar a mi proyecto político, que es un proyecto de vida que yo lo intento aplicar en cualquier parte donde me toque vivir.

Pero en noviembre de 2012 cuando se inició el proceso de negociación entre FARC-EP y gobierno renació la ilusión y se estimuló aún más el retorno.

Retornar al país fue un sueño de 26 años, todos los días que viví en Suecia soñé con volver a mi país, a mi tierra y a la actividad política. Entonces ese proceso me estimuló cada día, escuchaba con atención las noticias, estaba muy pendiente del desenvolvimiento.

El año pasado ya vi que el proceso había avanzado muchísimo y comprendí que era irreversible, veía a ambas partes que tenían la voluntad firme de llegar a un acuerdo y esa convicción fue lo que me impulsó y me animó a volver al país.

Tras su situación como exiliada, ¿cómo aprecia la situación de garantías para la participación política hoy en Colombia?

El tema de garantías está pendiente. El Gobierno ha hecho un leve esfuerzo por garantizarnos un mínimo de seguridad. Yo dispongo de un esquema de seguridad que de alguna manera me ayuda a sentirme un poco tranquila, pero no totalmente.

Que una tenga que andar en carros de seguridad y acompañada de escoltas no es normal, además es muy incómodo, es una limitante seria para desenvolverme con naturalidad, pero bueno, esas son las condiciones.

El temor a la repetición de los hechos victimizantes sigue latente. Puede decirse que no se suceden hechos violentos con la misma intensidad de años atrás, pero ahora hay formas más sutiles de hacernos sentir que no somos bienvenidos, que no es agradable nuestra presencia… Una tiene que estar muy alerta para interpretar esas señales y para cuidarse.

Pero todo esto se sobrelleva, en mi caso, por el optimismo y la actitud positiva que tengo frente al futuro, confío en que vamos hacia la construcción de un mejor país.

¿De qué manera está viendo la discusión actual con el tema de la refrendación de los acuerdos de paz?

Creo que la discusión final es muy delicada porque en esta etapa se están discutiendo los temas que de verdad enfrentan a las dos partes. Discutir, por ejemplo, el tema de tierras, al gobierno no le costaba mayor esfuerzo aceptar que “sí, vamos a repartir unas tierras entre el campesinado”. Incumplir eso no era difícil para ellos, pero ahora estamos en la etapa de cómo se van a verificar los acuerdos y cómo se va a asegurar el cumplimiento de lo que se está pactando. Esto es lo delicado. A mí me preocupa.

Y la discusión entre plebiscito y Asamblea Constituyente también es algo transcendental. Por eso es tan importante que la ciudadanía del común, nosotros y nosotras, nos movilicemos para que la opinión ciudadana empiece a manifestarse en favor de la asamblea constituyente.

En el plebiscito yo veo mucho peligro, es darle las facultades a una comisión legislativa especial para que implementen los acuerdos según el parecer del gobierno. Estamos en un momento transcendental, álgido y definitivo, pero confío en que el acompañamiento de los otros países, los negociadores del gobierno también acepten las razones que se están exponiendo en contra del plebiscito, a favor de la Asamblea Nacional Constituyentes y a favor de la normatividad de los acuerdos, porque de lo contrario se burlan de lo que se haya acordado.

En noviembre de 2014 se realizó una Constituyentes por la Paz de personas exiliadas en el País Vasco, ¿pudo asistir?

Sí, lo sabía pero no pude ir porque recientemente me habían invitado a un festival por la paz en París y dos viajes tan seguidos no los pude financiar, pero estuve al tanto.

Tras su regreso, ¿cómo considera que es la participación política del pueblo colombiano en el proceso actual que estamos viviendo?

Mi percepción al regresar, al menos en el Cesar, es que el terreno en materia política es árido, desértico. La diferencia es total, la apatía y sobre todo la ignorancia de lo que está ocurriendo. La gente tiene una única versión de los hechos y es la que les da RCN, Caracol y la televisión oficial del Gobierno.

El pueblo no conoce la verdad y por eso es apático e indiferente, por eso hay una gran mayoría que se opone a la firma de los acuerdos, que se burla de lo que se está haciendo en La Habana.

La tarea que tenemos nosotros, los que somos conscientes, es enorme, es un desafío porque es difícil.

En cuanto a las últimas elecciones municipales y regionales celebradas en octubre, ¿cómo le parecieron tras los resultados electorales?

Eso es una vulgaridad, una estafa a la democracia.

¿Por qué?

Porque aquí no se compite por ideas ni por proyectos, aquí no hay partidos políticos en la derecha, hay empresas electorales muy bien organizadas, muy eficientes que  se dedican a ganar elecciones. ¿Cómo?, como sea, ¿con qué?, con lo que sea, menos con ideas y con debate político.

Como mujer, ¿cómo se ha sentido dentro de la política colombiana?

Como mujer nunca he tenido ningún desplante, al contrario, por lo menos los y las periodistas siempre tienen para mí halagos y expresiones de admiración, de apoyo y de respaldo.

Algunos me decía, “aunque no vote por ti estoy contigo. Me gusta tu talante, me gusta tu fuerza, tienes mucha energía”.

Nunca he tenido señalamientos por el hecho de ser mujer. También tengo un carácter fuerte y quizás eso ayude.

Y en relación a eso, ¿de qué forma ve el papel de las mujeres colombianas en la construcción de la paz?

Bueno, el papel de las mujeres es transcendental, somos la mitad, sin nosotras no hay paz, sin nosotras no se construye la paz. Pero falta también mucha conciencia entre las mujeres, especialmente  cuando los medios lanzan campañas consumistas que manipulan, que nos enreda todo y que nos trastornan la mente. Abstraer a las mujeres de esa influencia tan nociva, donde lo importante es ser bella, esbelta, fina…, es una tarea terriblemente dura.

Pero también es cierto que cuando las mujeres nos comprometemos, lo hacemos a fondo. Entonces, ganarse una mujer para la paz es ganarse un elemento muy importante.

En este sentido, desde Marcha Patriótica se está trabajando una mesa de mujeres, ¿lo considera necesario para el trabajo interno de la organización?

Yo creo que en una primera etapa eso es necesario, pero después tenemos que trabajar juntas y juntos sin marcar distinciones entre hombres y mujeres. Yo me desacostumbré a eso en 26 años de actividad política en Suecia, eso allá no se usa.

Es obvio que las mujeres participamos, es obvio que las mujeres estamos ahí, entonces no hay esa campaña al margen en favor de las mujeres. Aquí todavía me cuesta un poquito eso.

 

Y es que, acostumbrarse a las dinámicas y procesos que se vienen construyendo en Colombia tras 26 años de ausencia obligada ha de ser costoso, sí, pero no imposible. Un ejemplo es ella, Imelda Daza Cotes, que en una breve entrevista te ofrece sus valores de vida y esperanza. Ésos que ha alimentado durante su largo exilio y que ahora, a su regreso, intenta transmitir a la ciudadanía apática y desconfiada tras tantos años de falta de coherencia social.

Sin duda, se necesitan muchas Imeldas en Colombia para seguir trabajando colectivamente, para consensuar los caminos a seguir y para apostarle definitivamente a la deseada paz con democracia real.